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Argentina martes 18 de agosto de 2026
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La tierra sometida: Philipp Blom revisa el dominio occidental sobre la naturaleza

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El historiador Philipp Blom reconstruye en La tierra sometida las ideas religiosas, artísticas y científicas que permitieron a Occidente imaginarse por encima del mundo natural.

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La tierra sometida, el nuevo libro de Philipp Blom publicado por Anagrama, analiza cómo Occidente construyó durante siglos una idea de superioridad humana sobre la naturaleza y qué consecuencias tiene ese relato en la era del deterioro climático.

La tierra sometida, de Philipp Blom, propone una extensa revisión histórica de las ideas que llevaron a Occidente a imaginar la naturaleza como un territorio disponible, subordinado y destinado al servicio humano. El libro, publicado por Anagrama con traducción de Daniel Najmías, no se limita a describir la explotación de recursos: busca explicar las narrativas religiosas, filosóficas, artísticas y económicas que hicieron posible ese modelo de relación con el mundo físico.

Blom, historiador, novelista y traductor alemán, construye su recorrido desde los orígenes de la civilización occidental hasta el actual Antropoceno, período en el que la actividad humana modificó de manera profunda los sistemas climáticos y ecológicos. Su tesis central es que el dominio sobre la tierra nunca fue solamente una práctica material. También necesitó una justificación cultural capaz de presentar la apropiación de animales, territorios y materias primas como un orden legítimo.

La reseña original de esta obra puede consultarse en Clarín. A partir de ese planteo, el libro abre una conversación relevante para entender por qué la crisis ambiental no se resuelve únicamente con nuevas tecnologías o cambios de consumo: también exige revisar las ideas que definieron qué lugar ocupa la humanidad dentro de la naturaleza.

La tierra sometida y el origen de una idea de superioridad humana

La obra está organizada en tres grandes partes: Mito, Logos y Cosmos. La estructura permite observar cómo una misma aspiración de dominio se transforma según la época. Primero aparece como relato sagrado; luego se reviste de argumentos racionales y científicos; finalmente se proyecta sobre una visión global del planeta, convertido en sistema administrable y cuantificable.

En el pensamiento judeocristiano, Blom encuentra uno de los fundamentos más influyentes de la supremacía humana. El relato del Génesis ubica a la especie humana fuera y por encima del resto de lo creado. Nombrar a los animales, clasificarlos y asignarles una función se convierte en una forma simbólica de autoridad. La naturaleza deja de ser una comunidad de seres relacionados y pasa a interpretarse como una creación destinada al uso humano.

El historiador no presenta esta lectura como una explicación única de toda la historia occidental, pero sí como una matriz cultural de enorme alcance. Cuando una sociedad considera que el mundo natural existe principalmente para satisfacer sus necesidades, la explotación deja de parecer una excepción y se convierte en una conducta normalizada.

De los relatos religiosos a la administración de los recursos

La idea de someter la tierra cambió de lenguaje con la modernidad. El mandato religioso fue acompañado por categorías políticas, económicas y científicas que transformaron bosques, ríos, animales y suelos en recursos medibles. La naturaleza comenzó a describirse como una reserva de materias primas, una superficie productiva o una externalidad cuyo costo podía quedar fuera de las decisiones económicas.

Esta transformación también implicó separar cultura y naturaleza. La ciudad, la técnica y las instituciones quedaron asociadas con el progreso, mientras que el mundo físico fue presentado como un espacio exterior que debía ser ordenado. La oposición parece sencilla, pero tiene consecuencias concretas: si la humanidad se considera ajena a los procesos naturales, puede olvidar que sus cuerpos dependen de ellos y que toda actividad económica necesita aire, agua, suelo fértil y estabilidad climática.

Blom cuestiona precisamente esa ilusión de independencia. El cuerpo humano envejece, enferma, depende de microorganismos y está expuesto a virus, temperaturas y alteraciones ambientales. La supuesta separación entre civilización y naturaleza se vuelve insostenible cuando se observa la vida cotidiana desde la biología.

La naturaleza muerta como espejo de una cultura

Uno de los pasajes más sugerentes del libro se detiene en la pintura de naturaleza muerta, especialmente en los bodegones que alcanzaron gran popularidad en los Países Bajos durante el siglo XVII. Frutas, flores, peces, animales de caza y objetos culinarios aparecen organizados como una composición estática, ordenada por la mirada del artista.

Para Blom, ese género no representa simplemente una escena doméstica o una demostración de talento pictórico. También expresa una manera de convertir la naturaleza viva en objeto contemplable, clasificable y poseíble. La vida queda inmovilizada dentro de un marco, separada de sus ciclos, sus conflictos y su capacidad de transformación.

La presencia ocasional de calaveras refuerza otra dimensión del mensaje. El bodegón recuerda que la abundancia es temporal y que la muerte atraviesa tanto a los seres humanos como a los bienes que se acumulan. Sin embargo, esa advertencia moral convive con una operación visual de control: el mundo natural aparece dispuesto en una escena que la voluntad humana puede organizar.

La crítica alcanza una vigencia particular en una época en la que paisajes, animales y territorios suelen reducirse a imágenes decorativas, destinos turísticos o productos de consumo. La naturaleza puede ser exaltada en una fotografía y, al mismo tiempo, tratada como una superficie disponible para la extracción o la construcción.

Rousseau y las resistencias a la separación del mundo natural

El libro también recupera distintas formas de resistencia intelectual frente a la separación entre cultura y naturaleza. Jean-Jacques Rousseau ocupa un lugar importante en ese recorrido por su crítica a los efectos artificiales y corruptores de la civilización. Su propuesta de regresar a una relación más directa con la tierra funcionó como una respuesta al avance de las instituciones, las jerarquías y las convenciones sociales.

Blom, sin embargo, evita presentar ese retorno como una solución sencilla. La imagen de una humanidad que abandona la cultura para reencontrarse con una naturaleza originaria puede resultar atractiva, pero también es difícil de sostener en sociedades urbanas, tecnificadas y densamente pobladas. La cuestión no consiste en idealizar un pasado perdido, sino en revisar las formas actuales de dependencia, responsabilidad y convivencia.

En ese punto, la obra se distancia tanto del optimismo tecnológico sin límites como de una nostalgia romántica que imagina una naturaleza completamente separada de la vida social. La relación con el ambiente siempre está mediada por instituciones, herramientas, hábitos y decisiones colectivas. Cambiarla requiere modificar esas mediaciones, no fingir que nunca existieron.

Por qué el contraste cultural amplía la discusión

Una parte significativa del análisis compara la tradición occidental con relatos y filosofías de otras culturas. Blom menciona el taoísmo chino, donde el agua representa movimiento, adaptación y equilibrio entre opuestos; también alude a tradiciones aztecas, maoríes, aborígenes australianas y sintoístas, en las que la humanidad no aparece necesariamente como dueña absoluta del mundo.

Estas referencias deben leerse con cuidado, porque ninguna cultura puede resumirse en una sola idea ni todas sus prácticas históricas fueron necesariamente sostenibles. Aun así, el contraste resulta útil: permite advertir que la supremacía humana no es una verdad universal ni una consecuencia inevitable del desarrollo de las civilizaciones. Es una construcción histórica particular, fortalecida por instituciones y sistemas de pensamiento concretos.

La expansión colonial contribuyó a difundir ese modelo. Las potencias europeas llevaron consigo una concepción del territorio como espacio apropiable y administrable, junto con herramientas militares, comerciales y científicas que facilitaron la extracción. La dominación cultural y la dominación ambiental avanzaron muchas veces por los mismos caminos.

El Antropoceno expone los límites del dominio

La crisis climática funciona en el libro como la prueba más visible del fracaso de la fantasía de control absoluto. El crecimiento industrial permitió aumentar la producción, expandir las ciudades y multiplicar los intercambios, pero también alteró equilibrios que sostienen la vida. El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la presión sobre los recursos muestran que la naturaleza no es un escenario pasivo.

La pandemia de coronavirus aparece como otro recordatorio contundente. Un agente biológico microscópico pudo interrumpir actividades económicas, modificar rutinas y exponer la fragilidad de sistemas que suelen presentarse como autónomos. La experiencia volvió evidente que la salud pública, la movilidad, el comercio y la organización urbana dependen de procesos biológicos que no pueden controlarse por completo.

La enseñanza no implica abandonar la ciencia ni la técnica. Al contrario, exige utilizarlas con una comprensión menos arrogante de sus límites. Las herramientas tecnológicas pueden mejorar la eficiencia energética, detectar riesgos y facilitar la adaptación, pero no eliminan la interdependencia entre las sociedades y los ecosistemas.

Qué cambia para la visibilidad de proyectos digitales sobre ambiente

El planteo de La tierra sometida también ofrece una referencia útil para medios, empresas y proyectos digitales que comunican sobre clima, consumo responsable o innovación ambiental. La visibilidad orgánica no depende únicamente de incorporar términos como sustentabilidad o cambio climático, sino de responder preguntas concretas: qué práctica está en discusión, quién asume sus costos, qué evidencia existe y cómo afecta a una comunidad.

Para los negocios digitales, esto implica evitar mensajes ambientales vagos o puramente decorativos. Una marca que presenta un producto como ecológico necesita explicar materiales, duración, reparación, origen y límites de esa afirmación. Del mismo modo, una publicación sobre energía, movilidad o alimentación puede ganar relevancia cuando conecta el concepto general con decisiones verificables para hogares, industrias y consumidores.

La búsqueda de información sobre ambiente suele cruzarse con necesidades prácticas: comparar alternativas, comprender una regulación, evaluar una tecnología o decidir una compra. Los contenidos que ofrecen contexto histórico, precisión y consecuencias concretas tienen más posibilidades de ser útiles que aquellos que repiten consignas sin explicar el problema.

En ese sentido, el libro de Blom aporta una mirada especialmente valiosa para interpretar el presente: detrás de cada discusión sobre recursos, clima o innovación existe una idea sobre la posición humana en el planeta. Revisarla no es un ejercicio abstracto, porque de ella dependen políticas, inversiones, hábitos de consumo y criterios con los que se evalúa el progreso.

La tierra sometida invita a leer la crisis ambiental como el resultado de una historia larga, no como una dificultad repentina que pueda resolverse con una única respuesta. Comprender esa genealogía permite tomar decisiones más realistas: aprovechar la ciencia sin convertirla en una promesa de control total, reconocer la vulnerabilidad de los cuerpos y pensar el desarrollo como una relación de dependencia mutua con el mundo natural.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata La tierra sometida, de Philipp Blom?

El libro reconstruye las ideas religiosas, filosóficas, artísticas y económicas que llevaron a Occidente a considerar la naturaleza como un espacio subordinado y disponible. Philipp Blom conecta ese proceso histórico con el Antropoceno, la crisis climática y la evidencia de que las sociedades humanas dependen de sistemas biológicos que no pueden controlar por completo.

¿Quién es Philipp Blom?

Philipp Blom es un historiador, novelista y traductor alemán. Es autor de varias obras sobre la Ilustración, la cultura europea y la evolución de las ideas modernas. En Argentina y el ámbito hispanohablante, sus libros fueron publicados por Anagrama, entre ellos La tierra sometida, traducido por Daniel Najmías.

¿Qué significa el dominio occidental sobre la naturaleza?

Se refiere a una concepción histórica que separa cultura y naturaleza y presenta a los seres humanos como superiores o externos al mundo físico. Bajo esa mirada, animales, territorios y materias primas pueden tratarse como recursos. El libro analiza cómo ese relato fue sostenido por la religión, el arte, la ciencia, la economía y la expansión colonial.

¿Por qué el libro relaciona la pandemia con la naturaleza?

La pandemia mostró que la vida social y económica continúa expuesta a procesos biológicos. Un virus pudo alterar sistemas urbanos, sanitarios y productivos en todo el mundo. Para Blom, esa experiencia recuerda que la humanidad no está separada de la naturaleza: los cuerpos son vulnerables, dependen de microorganismos y forman parte de redes ecológicas más amplias.

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