Volcán Malacara: cómo es recorrer por dentro este tesoro de Mendoza
El volcán Malacara, en el sur de Mendoza, permite caminar por cárcavas, chimeneas y pasadizos formados por antiguas erupciones y millones de años de erosión.

El volcán Malacara es uno de los pocos sitios del mundo donde se puede ingresar a las entrañas de una formación volcánica y caminar entre paredes amarillas, negras y rojizas. Está ubicado a unos 42 kilómetros de Malargüe, en el sur de Mendoza, dentro del paraje La Batra, y su recorrido combina geología, turismo rural y paisajes de la Payunia.
El volcán Malacara ofrece una experiencia poco habitual para quienes visitan Mendoza: en lugar de observar un cono volcánico desde el exterior, los viajeros pueden atravesar sus cárcavas, acercarse a antiguas chimeneas y comprender cómo el agua, el viento y las erupciones fueron construyendo el paisaje. El acceso se encuentra dentro de una propiedad privada administrada por la familia Quezada, que convirtió un antiguo problema del campo en uno de los atractivos turísticos más singulares de Malargüe.
La formación está emplazada en una región de gran actividad volcánica antigua. La Payunia reúne cientos de conos y volcanes inactivos, pero el Malacara tiene una característica que lo diferencia: sus materiales y la erosión posterior generaron pasadizos naturales por los que se puede caminar. Según la información difundida por la publicación original de Clarín, se trata de uno de los tres volcanes del mundo visitables desde su interior, junto con formaciones ubicadas en Islandia y Guatemala.
Volcán Malacara: una formación nacida del encuentro entre magma y agua
El Malacara es un volcán hidromagmático. Esta denominación describe un proceso en el que el magma entra en contacto con agua acumulada en el terreno, una combinación capaz de provocar erupciones particularmente explosivas. En este caso, los especialistas consideran posible que antiguamente hubiera una laguna o una reserva de agua en la zona.
Cuando el magma y el agua se encontraron, la lava se fragmentó en partículas y bloques pequeños. La acción del agua alteró esos materiales y dejó capas de tonalidades amarillas que hoy pueden observarse en las paredes internas. Más tarde, cuando el agua dejó de intervenir en el proceso, continuaron las erupciones y se depositaron materiales oscuros sobre las capas anteriores.
El resultado es una especie de registro geológico a la vista. Durante la caminata, los visitantes atraviesan sectores negros y luego ingresan en corredores donde predominan los amarillos y ocres. No se trata solamente de una variación estética: los colores permiten reconocer diferentes momentos de la historia eruptiva del volcán.
Las cárcavas que transformaron un cerro problemático en atractivo turístico
Durante décadas, la familia Quezada no consideró al Malacara un sitio turístico ni una formación geológica excepcional. Para quienes vivían en el campo, era un cerro dentro de una extensa propiedad dedicada a la cría de chivos, vacas y caballos. Sus cárcavas profundas complicaban las tareas cotidianas porque algunos animales se internaban en ellas, se perdían o no lograban salir.
La percepción comenzó a cambiar alrededor del año 2000, cuando la geóloga Corina Risso llegó a la zona. La investigadora, docente de la Universidad de Buenos Aires y especialista en volcanes, había estudiado durante años formaciones de la isla Decepción, en la Antártida. A través de imágenes satelitales identificó volcanes del sur mendocino que podían tener características similares.
Risso viajó hasta Malargüe y buscó la manera de llegar al Malacara. En aquel momento no había cartelería turística ni un acceso preparado. Solo existían huellas de campo y senderos estrechos. Con la ayuda de Alberto “Beto” Quezada pudo ingresar a una de las principales quebradas y observar desde cerca las paredes erosionadas.
Para la familia, el interés de la geóloga resultaba difícil de entender. El paisaje formaba parte de su vida cotidiana y no parecía tener un valor especial. La mirada científica permitió interpretar lo que hasta entonces había sido apenas un cerro incómodo: detrás de las paredes frágiles había restos de antiguas erupciones, interacción entre magma y agua y una estructura poco frecuente para el turismo.
Cómo se convirtió el Malacara en una excursión de Malargüe
La difusión del sitio comenzó a tomar forma en 2002, cuando Risso presentó sus investigaciones en una conferencia realizada en Malargüe. La explicación sobre el origen del volcán llamó la atención de habitantes y prestadores turísticos, en una ciudad que ya contaba con servicios vinculados al turismo de montaña y con el movimiento generado por el centro de esquí Las Leñas.
Al principio, las visitas tenían una dinámica muy ligada al campo. Beto Quezada acompañaba a los primeros viajeros a caballo por huellas rurales y explicaba cómo llegar hasta las cárcavas. Las recomendaciones boca a boca fueron aumentando el interés, pero todavía faltaba resolver el acceso para vehículos y organizar el ingreso de manera segura.
Una antigua picada petrolera permitió mejorar el desplazamiento. Con el tiempo, la familia incorporó herramientas y maquinaria para acondicionar el camino. El proyecto se desarrolló de manera gradual, sin convertir la formación en un espacio urbano ni borrar su carácter rural. Actualmente, las visitas son coordinadas por integrantes de la familia y guías habilitados de Malargüe.
La transformación también alcanzó a la economía familiar. El sector que antes generaba pérdidas por los animales extraviados pasó a recibir visitantes. Mientras algunos integrantes coordinan las excursiones, otros participan de la atención en el parador y el restaurante. El caso muestra cómo un patrimonio geológico puede adquirir valor turístico cuando se combina conocimiento científico, organización local y cuidado del territorio.
Qué se observa durante el recorrido por el interior
La excursión permite recorrer dos de las tres cárcavas principales del volcán. El ingreso se encuentra a unos 500 metros de la ruta provincial 186 y, desde allí, comienza una caminata por el interior de la formación. El trayecto completo demanda aproximadamente dos horas, aunque la duración puede variar según el ritmo del grupo, las condiciones del terreno y las explicaciones del guía.
Las paredes son onduladas, estrechas y de gran altura. En algunos sectores superan los 30 metros, creando una sensación de corredor natural. La luz entra de manera intermitente desde la parte superior, mientras el viento se filtra por las grietas. Esa combinación modifica la percepción de los colores: los tonos amarillos pueden intensificarse con el sol directo y volverse más apagados cuando el cielo se cubre.
El agua y el viento continúan modificando el relieve. Las cárcavas se formaron mucho después de las erupciones, a medida que la lluvia fue removiendo materiales volcánicos relativamente frágiles. Por eso las paredes no son estáticas: cada temporada de lluvias puede producir pequeños cambios, desprendimientos o nuevos surcos.
En algunos tramos hay escaleras metálicas para superar grandes rocas y desniveles. La caminata se considera de dificultad baja, aunque exige atención porque se transita sobre superficies irregulares. El ascenso final hacia el mirador presenta una pendiente más pronunciada, cercana a los 45 grados, y requiere un esfuerzo físico moderado.
Los colores, los cráteres y el origen del nombre
El nombre Malacara está relacionado con la apariencia de sus laderas. Las franjas oscuras y claras recuerdan al pelaje de los caballos malacara, que suelen tener una marca blanca o amarillenta en parte de la cara. La denominación pertenece a la tradición de los pobladores de la zona y conecta la formación volcánica con la cultura rural del sur mendocino.
En la parte superior existen tres cráteres, vinculados con distintos flujos de lava. Desde el nivel del suelo no siempre se distinguen con claridad, porque el relieve los oculta y parte de la vegetación cubre sus bordes. La dimensión completa de la estructura se aprecia mejor desde puntos elevados o mediante imágenes tomadas desde el aire.
El recorrido no se limita a observar rocas. También permite reconocer cómo se superponen los depósitos y cómo la erosión abre caminos sobre ellos. En ese sentido, el volcán funciona como una sección natural de la historia geológica local: cada pared reúne señales de una etapa diferente.
Cómo llegar y qué tener en cuenta antes de visitar el volcán
La excursión parte habitualmente desde la ciudad de Malargüe. Para llegar al predio se toma la ruta nacional 40 hacia el sur y luego se continúa por la ruta provincial 186, que incluye un tramo de ripio. La distancia aproximada desde la ciudad es de 45 kilómetros y el viaje puede superar la hora debido a las características del camino y a los sectores sin pavimentar.
El acceso se encuentra dentro de una propiedad privada, por lo que no funciona como un sitio de ingreso libre. Es necesario contratar la visita con un guía habilitado de la asociación de guías de Malargüe y respetar las indicaciones del equipo local. La organización es especialmente importante porque las cárcavas tienen paredes altas, materiales sueltos y sectores donde el terreno puede cambiar después de lluvias.
Para la caminata se recomienda utilizar calzado cerrado con buena suela, llevar abrigo incluso en jornadas templadas y contar con agua. El viento puede ser intenso y la temperatura varía entre los espacios expuestos y los corredores internos. También es conveniente consultar previamente el estado de la ruta de ripio, la disponibilidad de la excursión y las condiciones meteorológicas.
La propuesta no requiere experiencia de montañismo, pero sí una condición física suficiente para caminar durante dos horas, subir escaleras y afrontar el desnivel del mirador. Las personas con movilidad reducida o con dificultades para caminar deberían consultar antes de reservar, ya que la geografía del lugar limita las alternativas de acceso.
El valor turístico del Malacara para la oferta de Mendoza
El volcán amplía el perfil turístico de Malargüe más allá de los circuitos tradicionales de nieve y montaña. Su cercanía con la ciudad permite sumar una salida de naturaleza, geología y turismo rural, especialmente atractiva para quienes buscan experiencias diferentes a los miradores convencionales.
La visita también puede combinarse con otros paisajes del sur mendocino, como la laguna Llancanelo y los volcanes de la región de La Payunia. Desde los puntos altos del Malacara se obtienen vistas hacia los valles, la laguna y distintos elementos del paisaje patagónico. La presencia de una antena de la Agencia Espacial Europea agrega otra referencia visual a un entorno marcado por el silencio y la baja densidad urbana.
Para la comunidad local, el atractivo tiene una dimensión adicional. La gestión familiar, la participación de guías y la existencia de servicios gastronómicos permiten que una parte del gasto turístico permanezca en la zona. El crecimiento debe sostenerse con criterios de conservación, porque la misma fragilidad que hace interesante a la formación también la vuelve vulnerable al tránsito desordenado, la extracción de rocas y los daños sobre las paredes.
Qué implica el volcán Malacara para la visibilidad de Malargüe
La singularidad del volcán Malacara favorece su aparición en búsquedas relacionadas con turismo de naturaleza, volcanes argentinos, escapadas a Mendoza y lugares poco conocidos de la cordillera. Para los prestadores de Malargüe, contar con información clara sobre accesos, guías, dificultad y duración ayuda a responder consultas concretas de viajeros que necesitan decidir si la excursión se adapta a su itinerario.
También existe un valor diferencial frente a destinos que solo ofrecen una vista panorámica. La posibilidad de caminar dentro de una formación volcánica constituye un atributo específico, fácil de explicar y relevante para contenidos turísticos, agencias, alojamientos y operadores de excursiones. Una comunicación responsable debe destacar esa singularidad sin presentar el sitio como un parque de acceso irrestricto ni omitir que se encuentra en una propiedad privada.
El atractivo puede fortalecer la presencia digital de la región si se acompaña con datos actualizados sobre rutas, clima, contratación de guías y condiciones del terreno. En un destino remoto, la información práctica no es un detalle: puede definir una reserva, evitar un viaje frustrado y reducir la presión sobre el lugar. Para quienes planean conocerlo, la mejor decisión es reservar con anticipación, verificar el estado del camino y prepararse para una caminata en un ambiente natural cambiante.
El Malacara demuestra que un paisaje cotidiano puede revelar otra dimensión cuando se lo observa con conocimiento. Allí donde una familia veía un cerro difícil para la cría de animales, la geología encontró un registro de antiguas erupciones y el turismo descubrió una experiencia excepcional. Hoy, recorrer sus cárcavas permite acercarse a la historia profunda de Mendoza sin perder de vista que su conservación depende de una visita ordenada y respetuosa.
Preguntas frecuentes
¿Dónde está el volcán Malacara?
El volcán Malacara está en el paraje La Batra, a unos 42 kilómetros de la ciudad de Malargüe, en el sur de Mendoza. Se llega por la ruta nacional 40 y luego por la ruta provincial 186, que incluye tramos de ripio. El acceso se encuentra dentro de una propiedad privada.
¿Se puede entrar al interior del volcán Malacara?
Sí. El recorrido turístico permite ingresar por dos de sus principales cárcavas y caminar entre paredes volcánicas, pasadizos y sectores erosionados. La visita debe realizarse con un guía habilitado de Malargüe, porque el terreno tiene desniveles, materiales sueltos y zonas que pueden modificarse después de las lluvias.
¿Cuánto dura la excursión al Malacara?
La caminata por el interior del volcán y el ascenso hasta el mirador duran aproximadamente dos horas. El tiempo puede variar según el ritmo del grupo y las condiciones del terreno. Hay escaleras metálicas y una pendiente pronunciada en el tramo final, por lo que se necesita un esfuerzo físico moderado.
¿Qué tipo de volcán es el Malacara?
Es un volcán hidromagmático, formado por la interacción entre magma y agua durante antiguas erupciones. Ese proceso fragmentó los materiales volcánicos y produjo capas de distintos colores. Luego, la acción del agua y el viento excavó cárcavas y corredores que hoy pueden recorrerse durante la excursión.
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